miércoles, 12 de enero de 2011

[Fragmento] El Lobo Estepario [1927] Hermann Hesse

Introducción
Este libro contiene anotaciones que nos quedan de aquel hombre, que, así como él muchas veces se nombraba, le llamábamos: el lobo estepario. No hay por qué analizar si la obra requiere un prólogo introductor; a mí, en todo caso, me es una necesidad añadir a sus hojas, algunas en las que podré plasmar el recuerdo que tengo de tal individuo. No es mucho lo que conozco de él, y más precisamente desconozco su pasado y su origen. Sin embargo, de su personalidad mantengo una marcada impresión, y a pesar de todo, debo confesar, un recuerdo simpático.

El lobo estepario era un hombre de aproximadamente cincuenta años, que hace algunos se presentó en casa de mi tía en busca de una habitación amueblada. Rentó el cuarto del doblado y una pequeña habitación contigua, regresó al poco tiempo con dos baúles y un gran cajón que contenía libros, y vivió en nuestra casa durante unos nueve o diez meses. Vivía apaciblemente y para sí, y si no hubiera sido porque nuestras habitaciones eran contiguas, lo que produjo algunos encuentros casuales en la escalera o en el pasillo, no hubiéramos siquiera llegado a conocernos, ya que no era un hombre sociable, al contrario: era insociable, en una magnitud que yo no había visto antes; era justamente, como él se nombraba algunas veces, un lobo estepario, un ser extraño, salvaje y sombrío, de un mundo distinto al mío. Yo no sabía, de verdad, hasta que leí sus anotaciones, en que profundo aislamiento como su propia predestinación. No obstante, yo ya lo había conocido desde antes en un ligero encuentro y en algunas pláticas, y el retrato que se podía concluir de sus anotaciones, en el fondo coincidía con el que, más pálido y defectuoso, yo me había creado por nuestro conocimiento personal.

Por casualidad estaba yo presente cuando el lobo estepario entró por primera vez en nuestra casa a rentar un cuarto a mi tía. Llegó al mediodía, todavía los platos estaban sobre la mesa, yo contaba con con media hora antes de tener que regresar a mi oficina. Todavía recuerdo la impresión extraña y un poco contradictoria que me ocasionó en el primer momento. Entró por la puerta de cristal, después de que llamó por la campana, y mi tía le preguntó lo que quería desde el pasillo, todavía en penumbras. Sin embargo, el lobo estepario había levantado olfateante su cabeza afilada y rasurada, y, oliendo alrededor con su nerviosa nariz dijo, antes de responder o de indicar su nombre: "!Oh!; aquí huele bien". Y mientras decía esto sonreía, al igual que mi tía, pero a mí me resultaron más bien jocosas estas palabras de saludo y tuve algo en contra de él.

-Bien--dijo--; vengo por la habitación que está en renta....


Hasta que los tres subimos las escaleras hasta el doblado, y pude observar mejor al hombre. No era muy alto, sin embargo poseía los andares y la posición de cabeza que tienen los hombres corpulentos, iba con una abrigo de invierno moderno y cómodo, y, respecto a lo demás, vestía decentemente, pero con abandono, estaba afeitado y tenía muy corto el cabello, que por algunos lados comenzaba a tener tonalidades grises. Su manera de caminar no me gustó en los más mínimo en un principio; tenía algo de penoso y dudoso, que no concordaba con su perfil agudo y fuerte, ni con el tono y temperamento de su conservación. Fue hasta después cuando noté que se encontraba enfermo y le costaba trabajo caminar. Con una sonrisa extraña, que también me pareció desagradable, echó una ojeada a la escalera, a las paredes y ventanas, y las altas alacenas en el hueco de la escalera; todo eso parecía agradarle; no obstante, también le parecía ridículo. En general, todo el hombre daba la impresión de que llegaba desde un mundo extraño, como de países ultramarinos, y que resultaba muy bonito aquí, sí, pero también un tanto cómico. Era, no puedo negarlo, cortés, hasta agradable, de inmediato estuvo satisfecho y no puso objeción con la casa, la recámara, el precio por el alquiler y el desayuno, no obstante, en torno a él existía una atmósfera extraña y, evidentemente, no buena y hostil. Alquiló el cuarto, y también la alcoba de al lado, se enteró de todo lo concerniente a la calefacción, agua, servicio y orden doméstico, escuchó todo con atención y amabilidad, estuvo de acuerdo con todo, brindó una señal en el acto por el precio de la renta, y, sin embargo, era como si le resultara fuera de lo normal y algo nuevo el rentar un cuarto y hablar en cristiano con los demás, mientras que él estaba por dentro ocupado en cosas totalmente distintas. Algo así fue la impresión que tuve, que hubiera sido bastante mala a no ser porque toda clase de pequeños rasgos la corregían. Antes que nada la cara del sujeto fue lo que me agradó. Me gustaba, a pesar de ese aire de extrañeza. Era un rostro particular y hasta triste, pero despierto, bastante inteligente y espiritual y con las marcas de profundas reflexiones. Y a esto se le unía, para disponerme aún más a la reconciliación, que su tipo de cortesía y amabilidad estaba faltante de orgullo, aún cuando parecía que le costaba un poco de trabajo; había casi emotividad, casi suplicante, cuya explicación averigüe después, pero que desde el primer instante me puso un tanto a su favor.

Antes de terminar el registro de las dos recámaras y de cerrar el trato, había pasado ya el tiempo que yo tenia libre y tuve que ir a mi despacho. Me despedí y lo dejé con mi tía. Cuando regresé por la noche me contó mi tía que el forastero se había quedado con las habitaciones y que un día de esos se mudaría, que le había pedido que no le avisara a la policía su llegada, ya que él, hombre enfermizo, no soportaba ese tipo de formalidades y el andar de aquí para allá en las oficinas de la policía con las molestias que eso conllevaba. Todavía recuerdo cómo me tomó por sorpresa esto y cómo le indiqué a mi tía que no debía permitir esa condición. Justamente a lo poco simpático y excepcional, me pareció que se ajustaba demasiado bien su miedo a la policía, para que no fuera sospechoso. Le dije a mi tía que no debía aceptar de ninguna manera esta extraña pretensión de un hombre por completo desconocido, cuyo cumplimiento le podría traer consecuencias totalmente desagradables. Sin embargo, supe que mi tía ya le había prometido que desempeñaría su deseo y que ella, además, se había dejado fascinar y encantar por el forastero; ella no había tenido inquilinos con los que no hubiera podido mantener una relación afable y cordial, familiar, o dicho mejor: como una madre, de lo cual también habían sabido sacar buen partido algunos inquilinos anteriores.

Durante las primeras semanas todo siguió igual, teniendo yo que refutar más de cuatro cosas al nuevo inquilino, mientras que mi tía se ponía de su lado a cada momento con vehemencia.

Como no me agradaba la falta de aviso a la policía, quise por lo menos informarme acerca de lo que mi tía supiera del forastero, de dónde venía y de sus planes. Ella ya sabía varias cosas, a pesar de que él, después de que yo me había ido a mediodía, sólo había estado en la casa por poco tiempo. Le había contado que deseaba pasar algunos meses en nuestra ciudad para poder estudiar en las bibliotecas y conocer las antigüedades de la población. En realidad a mi tía no le gustó que rentara la habitación por tan poco tiempo, pero indudablemente él ya la había ganado a pesar de su aspecto extraño. En conclusión, el cuarto ya estaba alquilado y mis negaciones llegaron con tardanza.



-¿Por qué dijo que olía aquí tan bien? -- pregunté.

A esto mi tía, que algunas veces tiene buenas ideas, me respondió:

-Lo supongo perfectamente. En nuestra casa huele a limpieza y orden, a una vida agradable y honrada, y esto es lo que le gustó. Es como si ya hubiera perdido la costumbre y le hiciera falta.

-Bien - pensé-; a mí no me importa. Pero-dije- si no está acostumbrado a una vida honrada y decente, ¿cómo nos vamos a arreglar? ¿Qué es lo que vas a hacer si es sucio y lo mancha todo, o si regresa a casa ebrio todas las noches?

-Ya lo veremos-dijo ella mientras reía, y yo permití que se quedara.

Y efectivamente, mis miedos no tenían una base sólida. El inquilino si bien no tenía un modo de vida ordenada y razonable, no nos perturbó ni nos afectó; todavía hoy lo recordamos con gusto. Sin embargo, en el fondo, en el alma, ese hombre nos ha incomodado y nos ha fastidiado mucho a los dos, a mi tía y a mi, dicho con claridad, todavía no me deja en paz. A veces, por las noches, sueño con él, y en el fondo me siento intranquilo y nervioso a causa de él, por la sola existencia de alguien así, aun cuando pude tomarle verdadero cariño.

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